
Un amplio cuarto, de color tranquilo, con los muebles y objetos adecuados, no sólo conforma mi refugio, sino que también refleja claramente quién y cómo soy.
Las páginas en blanco de un cuaderno que un día empecé a escribir,
representan aquella vez en la que creí que todo cambiaría, en la que creí ver el amor...
Pero que por cobardía tal vez, o por falta de confianza en mí misma, sólo escribí las primeras páginas. Pronto aquel cuaderno que tanto me costó conseguir quedó apilado en la biblioteca.
Esa biblioteca de sueños, palabras y anhelos.
Mis libros sin leer, son todas aquellas cosas que quise hacer pero no me atreví.
Mi cuarto es sencillo, con mucho espacio, demasiados recuerdos...
Sentada en la cama observo a través de mi ventana el exterior, el cual me deslumbra y provoca una lucha en mí.
La tarde parece cálida, pero no me atrevo a comprobarlo.
Quizás por miedo a estar equivocada permanezco sentada tras el cristal. ¿Esperando qué?
¿Qué la suave brisa se cuele a la habitación y me de la seguridad que no sentiré frío?
¿Por cuánto tiempo más estoy dispuesta a esquivar los tibios rayos del sol por miedo a que me sorprenda una tormenta?
¿Por cuánto tiempo permaneceré encerrada?
Detrás del cristal soy tan solo una espectadora de mi propia vida, haciendo sólo lo que creo seguro, aquello que no me lastimará...
Sintiéndome vacía por no atreverme a tocar aquella flor, sólo porque creo que tiene espinas que me pueden hacer sangrar cuando la tome entre mis manos.
Permanezco tras la ventana, inmóvil, pareciendo estar bien, pero llena de heridas, de sueños rotos...
Continúo sentada en mi habitación, mirando sin ver tal vez...
Contemplando como la noche se aproxima, contando las horas que faltan para contarle a mi almohada las penas de un día más, que como tantos otros pasó sin que prácticamente me percatara...
Un día más que pasé llorando en silencio.